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Un impulso de generosidad

Hoy me he propuesto contaros mi versión de los hechos. Sí, Señoras y Señores, voy a retomar un tema mil veces relatado que no deja sin embargo de ser objeto de malentendidos. Hablemos de generosidad…

Para comenzar, se me ocurrió mirar la definición del término en el Diccionario de la Real Academia Española y os aseguro que me quedé pasmada. No voy a recoger aquí todas las acepciones que nuestros académicos recabaron pero os animo a que le echéis un vistazo: http://lema.rae.es/drae/?val=generosidad. Así llegó mi primera sorpresa al tratar de dar una vuelta de tuerca a la “generosidad”.

Si os cedo la palabra (nunca mejor dicho), ¿qué os viene a la cabeza? Me parece que más o menos todos tenemos en mente esa idea de la nobleza de espíritu que permite dar sin recibir, sólo pensando en el otro. Cuanto más doy sin esperar ni recibir nada a cambio, mejor ser humano soy. Pizca arriba, pizca abajo, tengo la impresión de que este es el sentimiento con el que muchos nos hemos criado. El concepto socialmente reconocido también iba por esta línea.

Ahora es cuando surge el mayor embrollo porque lo que acabo de definir no es la generosidad, sino el altruismo, ese vocablo que expresa la voluntad de procurar el bien ajeno, aun a costa del propio (y esta vez sí que me permito parafrasear a la RAE). Entonces, ¿cómo podemos definir la generosidad?

No pretendo retomar la noción de las creencias que abordé en mi anterior post (http://www.marec.es/todo-es-relativo/#more-657) ni cuestionar las razones históricas o sociológicas que llevaron a los expertos académicos a definir la generosidad tal como lo plasman en su diccionario. Es más una voluntad de poner el foco en ese concepto para que lo veamos a todas luces como un aliado y no como una carga. Porque sí, ser generoso puede convertirse en un pesado fardo.

Desde mi punto de vista, la generosidad bien entendida tiene dos partes: dar y recibir. O recibir y dar. El orden de los factores no altera el producto, o al menos así me lo parece a mí. Es como el ciclo del agua: la lluvia cae y llega a los ríos y mares, que se evaporan. El vapor de agua se condensa y forma nuestras nubes, génesis a su vez de las precipitaciones.

La generosidad se convierte en una nube negra que termina estallando cuando sólo damos y no recibimos. Dar sin recibir crea desequilibrios en nuestro propio ciclo del fluir y la naturaleza, que es muy sabia, conoce la mejor manera de restablecer la armonía.

Muchas veces no nos sentimos merecedores de que se nos dé o pensamos que no lo necesitamos porque es nuestra “misión” hacer felices a los demás. Yo misma caí en la trampa: soy una chicarrona fuerte y me han educado para ser “generosa” (ahora sabéis a lo que me refiero)… Hasta el momento en el que sentí que las cosas no podían seguir así. Ante todo, porque me estaba agotando y no me sentía motivada. Tenía la sensación de que nadie apreciaba mis esfuerzos porque ¿acaso no era “evidente” que los demás debían darse cuenta de lo que me faltaba? Creé una imagen de mujer que siempre puede con todo, contra viento y marea. Y en esas circunstancias, ¿quién podía saber si yo necesitaba ayuda? Es más, no valoraba plenamente los esfuerzos de otros por dar, puesto que eso me “tocaba” a mí.

Tenía la expectativa de que los demás entendiesen espontáneamente lo que necesitaba, lo que es tan erróneo como frustrante, ya sea para mí o para los que me rodean. Lo que no digo, no existe o, dicho de otro modo, si no le expreso al de enfrente mis necesidades, no puede imaginarlo por arte de magia. ¿Por qué no pedimos entonces lo que necesitamos? No voy a entrar hoy en esa cuestión, que tiene su miga. La dejo en el aire para que la abordemos en otro momento.

El acto de recibir parece restringirse a la Navidad o los cumpleaños, obviando así una buena parte de sus matices. Recibir consiste en ser lo suficientemente generoso para que el otro nos pueda dar, para dejarle espacio, estando dispuestos a reconocer lo que nos puede ofrecer. Esta definición me parece tan válida para el mundo laboral como el personal. En el trabajo, se puede plasmar la generosidad en la actitud de un jefe que crea espacio para recibir las ideas de los miembros de su equipo. En la esfera personal, en el coraje de pedir ayuda para superar una situación emocional delicada. Seguro que os vienen a la mente otros ejemplos ilustrativos.

Aquí lo dejo, esperando que me contéis pronto cuál es vuestra andadura “revisada” por el mundo de la generosidad…

2 comentarios en “Un impulso de generosidad

  1. Gema Martíz dijo:

    Verdaderamente, los académicos de la RAE no parece que controlen mucho este concepto! Jajaja… Para mí la generosidad es la capacidad de dar lo que a uno le sobra. Esto se suele interpretar como egoísmo, sin embargo, a mí me parece generosidad. Si yo no estoy lleno, ¿qué voy a dar? Si no tengo dinero, ¿cómo podré dar a otros? Ya que si lo diera y luego yo careciera, ¡tendría que pedirlo! No tiene mucho sentido. Si no tengo salud, ¿cómo voy a cuidar a otros? Por eso, lo más generoso que podemos hacer por otros, es cuidar primero lo nuestro, crecer nosotros, y luego seremos libres para dar.

  2. Mónica García Marec dijo:

    ¡Qué buena reflexión, Gema! Comparto totalmente tu punto de vista, que completa mi versión de la generosidad. ¡Muchas gracias por tu aportación! Un fuerte abrazo

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