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Todo es relativo

Mi mes de septiembre está siendo “revolucionario”. Muchas cosas pasan a mi alrededor. Las menos agradables inundan los periódicos y los telediarios. No hace falta que os las relate para que seguramente os vengan a la mente imágenes de los estremecedores acontecimientos que están sucediendo.

En el otro lado de la balanza, noticias alentadoras y esperanzadoras que me reconfortan infatigablemente sobre la verdadera naturaleza del ser humano. En una nota más personal, me llegan noticias de superación y logros de gente de mi entorno a la que aprecio, lo que termina de confirmar mi profundo convencimiento sobre nuestra capacidad de avanzar y reinventarnos.

Este post sobre las dos caras de la moneda me permite hilar sobre la dualidad en la que dividimos tantas veces nuestras vidas: bueno o malo, frío o caliente, bonito o feo, listo o tonto… La lista de “parejas de hecho” puede ser interminable. Sin embargo, al detenernos un instante en estas palabras, la dualidad desaparece: los dos términos son parte de la misma realidad. Uno no existe sin el otro o, dicho de otro modo, nuestras divisiones responden a nuestros propios filtros y patrones aprendidos.

En un termómetro, ¿dónde está el punto que marca el frío o el calor? Una mujer friolera como yo tendrá que pensar en sacar la chaqueta mientras que mi vecino de mesa puede estar remangándose. Lo mismo ocurre con el resto de mis ejemplos. Lo que puede ser bueno en mi vida, según mis criterios morales, sociales, éticos o espirituales, puede no serlo para una persona que está viviendo la misma situación y la percibe como un agujero negro. La obra pictórica o arquitectónica que más me conmueve puede ser la más horrenda para otro visitante de la misma exposición. ¿Y cuántas veces se tildó de “tontos” (por no decir lunáticos o algo peor) a tantos visionarios cuya genialidad no fue reconocida hasta pasados años, por no decir siglos?

Hace poco leí que Hendrik Lorentz, físico neerlandés cuyas teorías estudié en mis jóvenes años de formación técnica, postuló que el tiempo y el espacio se “deforman” con la velocidad del observador. Curioso, ¿no? Y revolucionario sin ninguna duda, hasta tal punto que supuso una revisión de la teoría de la relatividad de Galileo, que a su vez sería perfeccionada más adelante por Einstein.

¿Para qué os suelto tanta física así, sin paños calientes (ni fríos, sea dicho de paso)? Para reflexionar con vosotros sobre la relatividad de todos nuestros conocimientos y creencias. Nada es inamovible. Lo que Galileo creyó y sirvió a la Humanidad como verdad durante siglos dejó de tener un valor absoluto cuando salieron a la luz más datos. Somos nosotros los que “deformamos” lo que vemos, sentimos o percibimos en función de los parámetros personales que aplicamos en cada momento. Y esos parámetros se depuran y completan a medida que vivimos, es decir, que experimentamos y descubrimos nuevas facetas del prisma.

Nuestras más firmes creencias, las que nos han acompañado e impulsado durante años, pueden darse la vuelta contra nuestro crecimiento. Dejadme que os dé un ejemplo. Cuando los padres alientan y empujan a sus hijos a estudiar, cuando les enseñan a responsabilizarse de su aprendizaje, les transmiten la creencia de que el estudio es importante y de que las horas pasadas delante de los libros tienen la recompensa de un futuro profesional prometedor. Se trata entonces de una creencia potenciadora de nuestro crecimiento, que nos hace además merecedores del reconocimiento familiar. No obstante, esa creencia puede tornarse limitante si el adulto cree que la única forma de crecer queda restringida al terreno laboral y siente que sólo es merecedor de reconocimiento por su desempeño profesional. Los logros personales fuera de la oficina parecerán “poquita cosa” y quizás no deje espacio para escuchar o dar valor a otros anhelos personales que contribuyen a su desarrollo emocional.

Volviendo a Einstein, se dice que tardó 60 años en desarrollar su “Teoría General de la Relatividad”. Con la misma paciencia con la que este genio estableció sus ecuaciones, creo que merece la pena tomarse el tiempo de revisar las creencias que ya no nos valen y que al quedarse caducas suponen una barrera para el desarrollo de nuestra energía de movimiento, empuje y creación.

Ojalá podamos revisar nuestros postulados y resolver nuestros sistemas de ecuaciones personales con el ahínco y la convicción de los que logran desarrollar su propia teoría de la luz.

2 comentarios en “Todo es relativo

  1. Gema Martíz dijo:

    Qué fantástica reflexión. La cuestión es que no podemos cambiar la realidad, pero siempre podemos mirarla de otra manera. Y cuando la miramos de otra manera, resulta que nos empiezan a pasar cosas diferentes. ¡Es la magia de la vida! Gracias, Mónica.

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