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Grandes, muy grandes

Todo ha comenzado con una conversación telefónica. Una charla informal entre amigas que llevan tiempo sin ponerse al día. Deshilando el ovillo de nuestras vidas, hablamos de todo y de nada, con la confianza que da el poder ser uno mismo al sincerarse con el otro, sin máscaras ni medias palabras, pero con todo el cariño que se merece una conversación con sentido.

Tras colgar, me he sentido “en casa”, es decir, alegre porque esta amiga sea parte de mi red de apoyo, de la que tanto os hablo. Mi camino es mío y me toca avanzar por él, con lo que esto conlleva tanto de bendición como de sufrimiento. Sin embargo, algunos puntos de anclaje bien calados nos permiten tener la certeza de que podremos seguir adelante. Yo lo siento a menudo como cuando miro por el retrovisor del coche y me doy cuenta de lo que queda atrás, mientras siento que la carretera hacia mi destino está delante.  Seguir leyendo