2012-12-02

Porque me lo pide el cuerpo

Será cosa de este resfriado con trasfondo de bronquitis que me acompaña (molesto compañero…) desde hace más de una semana. O será que yo misma caí en mi propia trampa hace unos días. Ya sea por una razón u otra, hoy me lanzo a hablar del cuerpo. Seguro que estáis pensando que, de nuevo, como en mi último post, me meto en un jardín. Quién sabe… No tengo la intención de hablar de alturas, anchuras, poses o colores de tez. Es algo más sencillo y que debería (y recalco este “debería”) ser más obvio.

Nos acordamos del cuerpo cuando tenemos frío, cuando nos damos un golpe, cuando salimos disparados a la calle y las piernas nos llevan, cuando alguien nos agarra la mano… Muchas veces la única comunicación con nuestro cuerpo es “por impacto”, a través del dolor que nos llega por alguna desagradable circunstancia. ¿Y qué pasa el resto del tiempo? Pues nada, eso es lo que pasa. Solemos situarnos mucho más en lo mental, en las rutinas de familia, amigos, trabajo o aficiones, o en conversaciones cada vez más whatsappeadas y menos contadas.

Para mí, el cuerpo es el envoltorio de nuestro ser. Y menudo envoltorio, tanto por su funcionalidad como su complejidad. Tenemos un cuerpo que nos hace únicos como el ser único que somos. No hay otra como yo, para bien o para mal. Es lo que hay… y lo que hay está bien y es “para bien”, por muchos esfuerzos que cueste aceptarnos con luces y sombras.

Más allá de estos pensamientos un tanto metafísicos, existe algo más llano. Lo que me separa del mundo que me rodea, salvando el aire y sus partículas, es la piel, esa malla que envuelve y recoge órganos y vísceras. Funciona como termómetro tanto para temperaturas como para emociones. Detecta si debo abrigarme más o menos o si estar cerca de alguien favorece un escalofrío o un rubor… A “flor de piel”, así es como nos habla tantas veces el cuerpo.

Mil veces hemos leído que el lenguaje no verbal (es decir, el lenguaje corporal) representa el pilar fundamental de nuestra comunicación. Centrándonos en lo cotidiano, ¿cuántas veces os han contado algo y no lo habéis creído? El discurso parecía coherente y sin embargo algo no “cuadraba” en vuestro interlocutor: la palidez en el rostro, las manos sudorosas, la mirada esquiva… O muchas más señales que vemos sin ver. Aquí es donde os explico eso de que “caí en mi propia trampa” cuando hace un par de semanas me fui a clase de danza justo después de que me diesen unas noticias que me entristecieron profundamente. Pese a mi esfuerzo por hacer como si nada pasase, uno de mis compañeros al que apenas conozco pudo “ver” a través de mi movimiento. Mi mente trató de ocultarlo, mi cuerpo no supo. Hale, pillada como una niña tratando de disimular una trastada… Sonrío cuando pienso en cómo una señora coach hecha y derecha olvidó lo que predica.

El cuerpo nos relata historias propias o ajenas, siempre y cuando le prestemos algo de atención… Porque lamentablemente pocas son las veces en las que realmente le damos a las señales corporales el valor que tienen. Me meto aquí en un terreno de valoración muy personal con respecto de la más dura de todas las señales: la enfermedad. A mi entender, es la llamada de atención “a lo bestia” que tiene nuestro ser para expresarnos abiertamente que algo no va bien. Llega el momento de tocar fondo y de tomar conciencia también “a lo bestia” de que recobrar la salud nos conduce a cambiar algo en nuestra vida, ya sean pautas alimenticias, hábitos nocivos, personas o situaciones tóxicas o patrones de conducta (con sus creencias y sus juicios) que ya no nos sirven.

En ese momento, el cuerpo me pide que me cuide, que me abra a nuevas posibilidades (léase tratamientos o terapias), que descanse o por el contrario vaya a divertirme, y en definitiva, salga de lo mental para volver un poco más a la tierra. Viviendo como vivo en una gran ciudad, con mucho asfalto y poco verde, salir a poner los pies en la tierra, literalmente, me resulta sanador. Es un primer paso (nunca mejor dicho).

Nuestro cuerpo es un comunicador avezado que se preocupa por nosotros. Primero nos susurrará a través de la intuición que “aquí pasa algo raro”. Si no prestamos la suficiente atención, nos hablarán las emociones con su tristeza o su rabia, por poner ejemplos, recordatorios de que “algo sucede”. Y si ni con esas entendemos, el cuerpo se pondrá a gritar, no dejándonos más remedio que parar para escuchar sus mensajes físicos.

Os pido un favor. Sólo uno… y no es de los fáciles. Escuchaos con todo el cariño que os merecéis.

 

 

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