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Permiso para jugar

Jugar, jugar, lo que se dice jugar no parece nada muy serio en los tiempos convulsos en los que vivimos. Si hacemos la lista de prioridades de nuestra vida, pocos serán los que ahí apunten este verbo. De hecho, hacía ya un tiempo que ni me acordaba de sacar a relucir esta palabra. ¿Qué motivo me lleva ahora a hablar de ello? Ahora mismo os lo cuento…

Os pongo un poco en antecedentes para que veáis de dónde viene mi reflexión.

A finales de junio acabó lo que considero el final de mi curso escolar. Participé en la gala de final de curso que organiza mi maravillosa profesora de danza, colofón de nueve meses de aprendizaje técnico y emocional. Técnico, por todos los movimientos que he incorporado. Utilizo ese verbo con especial énfasis porque literalmente para mí consiste en in-corporar, es decir, en conseguir que mi cuerpo los integre como parte de su lenguaje. Y reto emocional, por la cantidad de emociones que se disparan cuando bailo. Esencialmente, alegría porque bailar me recarga las energías y me da ese momento de reconexión conmigo misma y con todas las personas que integran mi grupo. Ahora bien, cuando hablo de emociones, también tengo que hablaros de la otra cara de la moneda y de cómo bailar alienta muchos fantasmas que no son más que miedos disfrazados con sábanas de distintos colores.

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¿Miedo a qué?

A no integrar los pasos, a no estar a la altura del resto de mis compañeras, a pegar un traspiés sobre el escenario, a no recordar la coreografía, a no ser nunca capaz de bailar con la elegancia que requieren ciertas melodías… y a no esto y no lo otro. Cuantos más colores tienen mis fantasmas, más dificultad tengo para identificarlos a la primera y más peso cobran esos “noes”… El miedo no es condenable de por sí. Es una emoción básica adaptativa* que ha permitido al ser humano tomar conciencia del peligro y reaccionar rápido para sobrevivir. Sin embargo, cuando el miedo toma una dimensión desproporcionada y ya no cumple su misión de activar todo el cuerpo para salir corriendo ante un riesgo inminente, sino que por el contrario nos paraliza, entonces se convierte en un auténtico saboteador.

Volviendo a mi experiencia con la danza, en este curso he vivido dos situaciones de auténtico pavor, que rimaban con mi única e intransferible melodía del no-no-no. Era algo que me resultó mucho menos evidente y reconocible que el miedo escénico de una amateur que se sube al entorno inhóspito de un escenario. Ese miedo “clásico”, por suerte, lo tengo bastante amaestrado por mi experiencia como intérprete y me sabotea cada día menos cuando salgo a bailar. Era otra cosa… Me puse la gorra de dictadora para darme órdenes desde la mayor exigencia personal. Se me olvidó que quiero vivir mi vida desde la excelencia, es decir, desde el disfrute, la motivación y el aprendizaje del error y del compromiso. Y pongo énfasis en ese “quiero” que me sitúa a buena distancia del “tengo que” totalitario.

Aquí es donde entra en escena el juego como motor de liviandad, palabra que recuperé cuando me formé como coach. Qué poco empleamos ese vocablo, ¿no os parece? Sin embargo, qué bien sienta esa ligereza y adelgazamiento mental. A mí me remite a la ingenuidad y espontaneidad de la infancia, cuando las cosas se hacen más desde el corazón y menos desde la mente.

Se me olvidó que ser niño es una virtud esencial del adulto para reírse de las situaciones más comprometidas o más delicadas. Por eso ahora valoro como nunca el poder de una sonrisa y de una buena carcajada y reivindico mi parcela de terreno en el campo de juego. Reírme de mis torpezas, de mis tropiezos y del qué-dirán actúa para mí como un bálsamo, aunque el dichoso ungüento pique. Y si logro que el dolor de la niña herida sane con esa pomada, recobro el optimismo que me ayuda a ver el vaso medio lleno. Después, ya me encargaré yo de llenarlo del todo.

Como siempre les digo a mis coachees, está bien reconocer lo que nos falla y lo que podemos mejorar pero sólo podemos crecer desde las fortalezas. El niño pequeño se ve mayor e invencible porque no sabe nada de los centímetros que le faltan para llegar a ser adulto pero sabe todo intuitivamente de lo que significa crecer. No se pone las trabas mentales que luego cultivamos como adultos.

Me doy permiso para jugar y reírme (aún) más. Al escribirlo “en voz alta”, os hago testigos de tal compromiso… ¡Ahora sí que no me escapo!

 

¿Alguien más se apunta?

 

* “Emociones: una guía interna” – Leslie Greenberg – Ediciones Desclée De Brouwer (2000)

4 comentarios en “Permiso para jugar

  1. helena dijo:

    «y jugar por jugar, sin tener que morir o matar…y vivir al revés, que bailar es soñar con los pies…» :)

  2. Mariate dijo:

    Nos enseñaban en Filosofía que el juego era una actividad que constituía un fin en sí mismo. Sin otro sentido, sin otro objetivo. ¡Juguemos, dejémonos jugar, solos o acompañados, sin importarnos cómo de bien lo hacemos!

  3. Mónica García Marec dijo:

    ¡Qué razón tienes! Jugar como un camino, no como un fin… ¡Gracias, Mariate, por tu estupenda reflexión!

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