Pan Hogaza

Panadero a tus zapatos

La semana pasada pasé por una de las nuevas panaderías de Madrid, una de esas “tiendas de pan” donde prima la calidad de la materia prima y la vuelta a la tradición en la elaboración del pan. Me olía a pan de infancia, no os digo más.

Al día siguiente me fui a un pueblo al que llevo yendo muchos fines de semana desde que era niña. Conozco al panadero y a su familia de toda la vida y he visto cómo han trabajado siempre con ahínco para sacar adelante su negocio, adaptarse a los cambios y ofrecer productos variados y de calidad.

Los dos elaboran pan, hasta ahí no hay dudas. Ahora bien, entre una panadería y la otra, se abre un mundo de diferencias. Por un lado, humeantes hogazas de peso, ecológicas y de precio al alcance de pocos bolsillos y, por otro lado, pan tradicional que nos sigue deleitando y cuenta con un precio más asequible. El panadero moderno que vuelve a la tradición del pan no parece compararse con el panadero tradicional que moderniza su oficio. El primero no comprende por qué el pan tiene que amasarse de noche, si puede venderlo en su tienda de capital hasta las 9 de la noche, mientras que el otro no se plantea dejar de elaborar su pan con nocturnidad para que llegue a primera hora a sus clientes.

Tanto pan, tanto pan… ¡Vamos al grano!

Pan moderno en obrador tradicional o pan tradicional en obrador moderno. ¿Qué filosofía es mejor? Ni mejor ni peor. Pues sí, ya salió la etiqueta de “mejor” o “peor”… Sólo dependen del enfoque que elijo para mirar mi realidad. Hoy opto por un pan u otro porque me apetece, me lo puedo permitir, la panadería me queda más cerca de casa o cualquier otra razón que me convenga y me convenza.

Es frecuente que vayamos por la vida leyendo las etiquetas que hemos ido poniendo, sin recordar en qué momento colgamos tal etiqueta. Puede que nos permitiesen establecer creencias que en su tiempo nos ayudaron a crecer. Fueron creencias potenciadoras, con las que consolidamos nuestras fortalezas para alcanzar así nuestras metas.

No obstante, pasado un tiempo o determinadas circunstancias, las creencias que necesitamos para filtrar la información de nuestro entorno pueden dejar de servirnos y de merecernos la confianza que les otorgamos. No suman, sino que lastran, o incluso minan, las posibilidades que se nos van presentando. Si rechazo la oportunidad de revisar el estado de las cosas y de mis emociones ahora, si me limito a reproducir lo que ya sé, por miedo a salir de mi zona de confort,

¿qué me estoy perdiendo?

¿Y qué me pasa si me arriesgo a revisar mis etiquetas?

Quizás descubro que el pan de hogaza no me convence, a pesar de toda la buena prensa que airea, o que la barra que compro desde que tengo uso de razón merece una mención nutricional. O quizás tomo la determinación de seguir como estoy porque, al fin y al cabo, es lo que más me gusta y mejor me sienta. Al menos ahora lo sabré a ciencia cierta.

Lo mismo es aplicable a la etiqueta que le atribuimos a los demás: “inteligente”, “adorable”, “torpe”, “insoportable”, “servil”, etc., etc. En cierto modo, equivale a poner un post-it en la frente de una persona con un calificativo que ni él o ella sabe y que leo por inercia, sin cuestionar si hay algo más detrás de ese “alma de cántaro” o “cabecita loca”. En otras palabras, hacemos un escaneo automático como el de los códigos de barras.

Tanto emocional como cognitivamente, nuestra inteligencia da para muchísimo más, ¿no creéis?

Después de titular mi post con un refrán inesperado, os invito ahora a que comencéis a jugar. ¿Cómo? Buscando los matices de las situaciones y comportamientos humanos.

Ninguna jefa insoportable ni ningún padre pesado van a convertirse del día a la mañana en los seres más cool del planeta. Sin embargo, si observo otras caras del prisma, quizás descubra algo diferente que me permita relacionarme con ellos con mayor serenidad.

Nos hemos criado con el paradigma cartesiano de que un problema tiene una única solución. ¡Pues no! Reivindico la creatividad para deducir nuevas opciones que me sienten bien en mi comunicación conmigo misma y con los demás.

¿Te atreves a crear nuevas expresiones y juegos de palabras para tu propia felicidad en tu camino único e inimitable?

Gracias por leerme y espero saber pronto de tu historia.

2 comentarios en “Panadero a tus zapatos

  1. Leonardo dijo:

    Lo resumiría en otro refrán: «Para gustos no hay nada escrito» y es más, los gustos cambian por el entorno y por tu propia percepción.
    Me permito incluir una anécdota de la semana pasada en León: al cruzar un paso de cebra, me pitó un taxista y con razón porque tenía semáforo y estaba en rojo; el caso es que en Madrid se han retirado de los semáforos las rayas blancas de los pasos de cebra, reservando las rayas para los pasos de cebra propiamente dichos, pero lo hemos asimilado sin darnos cuenta conscientemente.
    En consecuencia debemos revisar constantemente todo tipo de «etiquetas».

  2. Mónica García Marec dijo:

    Muchas gracias por tu aportación, Leonardo. Coincido contigo en que modificamos y adaptamos la percepción que tenemos de nuestro entorno a medida que maduramos. Lo que nos parecía natural un día deja de serlo pasado cierto tiempo, cuando evolucionan nuestras circunstancias. Por eso, me parece un sano ejercicio retirar las etiquetas caducas para dejar paso a nuevas posibilidades.
    Un abrazo

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