espejo-retrovisro-1024x768

Grandes, muy grandes

Todo ha comenzado con una conversación telefónica. Una charla informal entre amigas que llevan tiempo sin ponerse al día. Deshilando el ovillo de nuestras vidas, hablamos de todo y de nada, con la confianza que da el poder ser uno mismo al sincerarse con el otro, sin máscaras ni medias palabras, pero con todo el cariño que se merece una conversación con sentido.

Tras colgar, me he sentido “en casa”, es decir, alegre porque esta amiga sea parte de mi red de apoyo, de la que tanto os hablo. Mi camino es mío y me toca avanzar por él, con lo que esto conlleva tanto de bendición como de sufrimiento. Sin embargo, algunos puntos de anclaje bien calados nos permiten tener la certeza de que podremos seguir adelante. Yo lo siento a menudo como cuando miro por el retrovisor del coche y me doy cuenta de lo que queda atrás, mientras siento que la carretera hacia mi destino está delante. Esos amigos o familiares juegan ese papel: nos pueden recordar lo que ya superamos y por qué nos decidimos a tomar esa ruta.

Para que pueda sentir alivio, conexión y empatía al comunicarme con el otro, tengo que superar primero un obstáculo que muchas veces me lleva a decir sólo la mitad de lo que quiero contar: mis juicios sobre cómo se me va a ver si comparto mis miedos, mi tristeza, mi rabia o cualquier otro sentimiento que creo que debe permanecer en la sombra, ya que no es “digno” de mí.

¿Qué va a pensar de mí fulanito si sabe que estoy muerta de miedo? ¿Y qué imagen va a formarse de mí menganita si le digo que me siento triste y apagada?

En realidad, las preguntas deberían más ir en la siguiente línea:

¿Acepto mis emociones? ¿Legitimo mi tristeza, mi miedo, mi ira, mi rabia o mi asco? ¿Confío en que mi interlocutor puede demostrarme su capacidad de escucha?

Se mezcla un trabajo de conocimiento y aceptación personal con una labor de reconocimiento de la capacidad del otro a escucharnos o, en su defecto, a estar presente.

¡Cuántas veces escucho eso de “no se lo voy a contar porque no quiero hacerle daño” o “porque no quiero que piense que […]”! Seguro que podrías completar esos puntos suspensivos de varias maneras, ¿me equivoco? Y ahí está el truco: todos tenemos miedo a ser juzgados, ya que todos juzgamos y sabemos bien cómo y por qué lo hacemos. Miedo a parecer “diferentes”, débiles, malos o injustos.

Incluso miedo a parecer pedantes o soberbios…

Vuelvo a mi conversación telefónica y a las risas que nos ha producido “confesar” lo buenas profesionales que somos. Por el entorno de confianza que hemos creado, he sido la primera en lanzarme a decir que hago bien mi trabajo. Acto seguido, he oído unas risas y me he sentido “obligada” a justificar mis palabras, pensando que había pecado de vanidosa a los ojos de mi amiga. Pero creo que era todo lo contrario, que le he permitido “confesarme” a su vez que ella también era buena en su trabajo. Ufff, ¡qué alivio!

¿Qué me pasa si digo que soy grande? ¿Que soy bueno en mi trabajo? ¿Que me gusta mi profesión y que eso me da alas para buscar formas de realizarlo aún mejor?

Tanto mi amiga, médico de profesión, como yo, la coach que os escribe, nos hemos sentido algo confundidas al afirmar que somos unas buenas profesionales. No obstante, en nuestra labor de acompañar, consolar y cuidar, ¿qué mejor forma de estar presentes y disponibles para los que confían en nosotras que la de aceptar que sé lo que puedo aportar? ¿Y la de que ofrecemos nuestros mejores recursos aunque no esté en nuestras manos que su paciente o mi coachee se comprometa con su “sanación”?

Durante mi preparación como coach, uno de mis formadores me lanzó a la cara sin paños calientes para qué me empeñaba en no brillar… “Si tú no brillas, ¿cómo quieres que brillen tus coachees*?”, me dijo literalmente. Me supo a bofetada, de esas que dejan brotar las lágrimas y lastiman el ego pero espabilan bruscamente.

Si me permito ser grande, aceptar que me equivoco y que mis sombras son parte esencial y amorosa del ser completo que soy y, sobre todo, que poseo fortalezas y he conseguido logros, doy espacio para que el otro comparta conmigo (si quiere y es su momento) lo grande que es. Descubrir y aceptar tu grandeza te permitirá lanzarte hacia tu meta con más confianza y ahínco.

Entonces, ahí te lo dejo:

eres GRANDE.

Espero tus comentarios. Un fuerte abrazo

* coachee = cliente

4 comentarios en “Grandes, muy grandes

  1. Beti Sapiña dijo:

    Que buen artículo Monica! Tú me has hecho sentir grande en nuestras conversaciones, me has dado más alas que una bebida energética y me has ayudado a creer en mí. Y sí, eres grande y no sólo de altura… jeje
    Sigue ayudando a la gente desde donde estés porque aún así eres grande.

  2. Gema Martíz dijo:

    ¿De dónde nos viene esa idea de que no podemos mostrar nuestra grandeza? ¿Cómo vamos a poder disfrutar de nosotros mismos si jugamos siempre a ser pequeños? La generosidad empieza por uno mismo. Me encanta el artículo y soy una defensora del brillo y de la luz, y si provee de uno mismo, pues mejor!

  3. Mónica García Marec dijo:

    ¡Qué razón tienes, Gema! ¿De dónde nos viene esa «manía» de querer hacernos siempre pequeñitos, de esconder o deslucir nuestra mejor versión? Quizás haya un matiz social, cultural o histórico, ya que algunas sociedades aceptan con menos pudor y más naturalidad la grandeza individual.
    Muchas gracias por tu comentario. Un abrazo grande

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *