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Escuchar el silencio

Silencio… Salir de la ciudad en verano me ha recordado el valor del silencio, poderosa herramienta de escucha. Una escucha que puede ser tan íntima como compartida, tan interior como abierta al otro…

Silencio… Dejar paso a que los sonidos tomen su amplitud sin las alteraciones de los ruidos del entorno. Ruidos físicos que acompañan la vida urbana, tanto en las calles con sus vehículos, obras y griterío, como en los hogares, donde todos los aparatos que nos simplifican la vida nos dificultan la escucha. O ruidos mentales que deforman los mensajes propios o ajenos con aquellas historias que nos contamos y que reducen la escucha real de nuestras emociones y nuestra intuición.

El ruido, sea de la naturaleza que sea, sesga el mensaje que recibimos por hacerlo incompleto o añadirle ingredientes que no eran de la cosecha original. En cualquiera de los casos se destila un brevaje edulcorado que no siempre refleja lo que nos quiso transmitir aquel que lanzó el mensaje. Es como si se hubiese instalado una niebla (a veces muy espesa) entre las dos partes del mensaje. El hilo de comunicación se rompe sin que sepamos dónde.

Entonces empieza la tarea de volver a anudar el hilo, de tratar de restablecer la continuidad entre lo dicho y lo escuchado. Tampoco es que sea física cuántica… Seguro que os acordáis de alguna visita a un castillo en el que os poníais a hablar en un lado de la sala mientras alguien os escuchaba muerto de risa cerca de la columna donde acaba la misma bóveda que le conectaba a ti. O bien de aquellos teléfonos improvisados que montábamos con dos vasos de plástico y una cuerda.

Como en el caso de la bóveda o de la cuerda, tenemos que encontrar el canal adecuado para que nuestro mensaje “pase”. A veces resulta tan sencillo y evidente como quitar el sonido de la televisión cuando alguien trata de hablar con nosotros. Otras veces requiere un esfuerzo consciente para dejar que el mensaje de nuestro interlocutor nos llegue. Y ahí es donde el silencio cobra su mayor significado.

Empiezo por decir que estar callado no es lo mismo que permanecer en silencio y en disposición de escucha del otro. Callarse no es más que dejar de emitir sonidos, lo que no quiere decir que esté haciendo un silencio mental que me permita dar espacio al mensaje que me llega. Me callo mientras me hablan, sí, pero sigo pensando en las tareas de la oficina, en la lista de la compra o en los deberes de los niños. ¿De verdad se puede escuchar con tanto ruido en la cabeza?

La escucha empática, la que implica no juzgar y ponerse en la piel del otro, es un esfuerzo muy intenso en un primer momento. Requiere un entrenamiento consciente para que nada perturbe la llegada de las palabras que me quieren transmitir. La cosa se pone todavía más ardua cuando tenemos en cuenta que el impacto y la credibilidad de un mensaje se debe en un 55% al lenguaje no verbal, un 38% al tono de voz y sólo un pequeño 7% a las palabras utilizadas.

La comunicación no verbal permite desplegar un abanico de posibilidades para completar nuestro mensaje y abarca desde la entonación hasta los gestos, pasando por las pautas de respiración, la postura corporal y la expresión facial (aquí me quedo en particular con la sonrisa).

Escuchar los silencios del otro es captar “por dónde respira” o “cómo su cara es un poema”. La sabiduría popular señala la importancia de la escucha completa, la que permite sintonizar con el otro y crea la armonía y resonancia necesarias para captar lo que realmente se nos quiere transmitir.

Silencio… Ya sea para uno mismo o para los demás, el silencio es un instrumento que podemos afinar para percibir y entender el mundo, nuestro mundo interior o el que nos rodea. No se me ocurre mejor manera de dar espacio a los demás que dedicándoles nuestra atención plena, incluyendo nuestros silencios atentos. Y no se me ocurre mejor regalo para mí misma que valorar mis silencios para así captar en su verdadera magnitud lo que me llena y hace más auténtica.

Silencio… ¿Lo compartimos?

4 comentarios en “Escuchar el silencio

  1. Mariate dijo:

    Bendito silencio recuperador… cuánto lo echo de menos…. Mi marido y yo, en esa tarde/noche afortunada cada mil años en que salimos solos, aprovechamos muchas veces para estar juntos en silencio. Y creo que esos ratos nos unen (nos re-unen) más que algunas charlas…

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