Millenium_Falcon

En primera persona

La Vida es la mejor Maestra. Suena a tópico de dimensiones interestelares, como aquellas de esa nave espacial que ahora vuelve a las pantallas de cine. Sí, tópico… y sin embargo tan cierto. No hay ninguna forma de aprender lo que nos toca si no caminamos por la vida. Porque lo que a mí “me toca” es de mi dominio privado y fruto de mi propio recorrido por mi galaxia personal. Vaya forma tan contundente de comenzar este post…

Entenderéis mejor mi reacción si os comparto que estoy viviendo momentos de duelo. No es mi primer duelo porque ya tengo edad para haber dejado personas queridas en el camino pero sí el primero que vivo como coach. Siento mi proceso de manera distinta, ya que para mí adentrarme en el mundo del coaching fue transformador y me ayudó a verme con mayor nitidez.

Este camino es mío y sólo mío. Punto. Y no queda otra. Y no me queda otra. La “ventaja” de ser coach es que conozco mejor las fases por las que se pasa. He superado una fase de negación de la situación, con los momentos en los que el “esto no puede ser verdad” saltaba constantemente en mi cabeza. Cuando la realidad clamada es al fin escuchada, los brotes de tristeza y/o de rabia hacen su aparición. Doy fe de que así es. Aunque ahora me siento serena, mis sentidos están todavía “a la que salta”. De pronto, una foto o canción, por ejemplo, me punzan el corazón o algunas situaciones tontas me ponen de un humor de perros. Qué le voy a hacer, así debe ocurrir. Y es bueno que así transcurra este proceso a fin de sanar y cerrar el duelo. Aceptar estas oscilaciones en mi péndulo emocional me permite aceptar la pérdida.

Uno de los grandes aprendizajes de este camino viene de la mano de la escucha, tanto la que he recibido como la que he intentado ofrecer. Digo “intentado” porque el runrún mental se difunde como un potente anestésico por el cerebro, impidiendo que oigamos las frases que nos dirigen. No nos llegan las palabras de otros porque emocionalmente toda nuestra energía está puesta en la digestión de la situación y en asegurar las funciones básicas, dejando a un lado lo demás, considerado entonces superfluo. Puro instinto de supervivencia frente al dolor.

El hecho de que esté compartiendo esta pérdida con otros familiares y amigos no implica que sepa darles el consuelo que necesitan puesto que cada uno de nosotros afronta el duelo con sus patrones de referencia. La realidad que cada uno debe reconstruir no parte de los mismos cimientos. Mi mochila puede haberse llenado con recuerdos compartidos entre varias personas próximas pero el valor y el peso que les doy en mi vida pasaron por mi filtro personal. Los he hecho míos a mi manera única.

En cuanto a la escucha que me han regalado, ha sido mucha y muy variada, siempre sentida y cariñosa. Pese a tener el profundo convencimiento de que las palabras que me dedicaron pretendían ser un bálsamo, en ocasiones las he sentido muy desacompasadas con el ritmo de ese dolor que me pesaba en el pecho. Creo sinceramente que no estamos entrenados para algo aparentemente tan sencillo como el silencio, es decir, para dejar al otro expresarse sin interrumpirle, sin devolverle a una realidad que no es la suya, sino la nuestra. De nuevo, mi oído no estaba listo para escuchar, eso ante todo. Y después, soy yo la que tuve que elaborar mi propio discurso interno para afrontar la pérdida y crear mi nueva representación de la vida. En un primer momento, me ayudaron los abrazos y las lágrimas compartidas en silencio. Sólo eso, ni más ni menos. Poco a poco, las palabras vuelven a ser oídas, para después ser escuchadas y más tarde, asimiladas.

En el proceso activo de este duelo, vuelvo a mi rutina con la mirada cambiada, sorprendida de cómo los momentos duros agudizan los sentidos para que lo insustancial trascienda. Veo rostros nuevos en caras ya conocidas y me permito vivir el cariño y respeto de los demás como lo que siento que es: un regalo que me recuerda que, si lo quiero, tendré compañía en mi senda.

Y en la otra parte del duelo, el proceso pasivo, es hora de respetar mis tiempos y acompasar de nuevo mis pasos con el nuevo ritmo que me marque la vida. Camino serena. La Fuerza me acompaña. Sí, la Vida es sin duda la mejor Maestra.

“Todo lo que nos conmueve y nos transforma, se queda con nosotros” – Robert A. Neimeyer

2 comentarios en “En primera persona

  1. Gema Martíz dijo:

    Me llega hondo la profundidad de este artículo, Mónica. Gracias. A cada cual nos corresponde vivir una experiencia distinta -enriquecedoras todas ellas, sin duda-. A la persona que se marcha, le corresponde hacer las maletas y desprenderse de todo lo que un día creyó que era suyo, para descubrir que la maleta va vacía porque no hay equipaje que llevar, más allá del aprendizaje que lleva uno dentro y que no tiene peso ni ocupa lugar. Al que se queda, le toca la experiencia de aceptar la vida tal y como es, porque la muerte no es algo en sí mismo, sino un ingrediente más de la propia vida. ¡Qué sano es el duelo cuando se vive como tú lo estás viviendo! Te deseo mucha comprensión y aceptación en esa tu galaxia personal.

  2. Mónica García Marec dijo:

    Qué palabras tan bien elegidas, querida Gema. Sin lugar a duda, la pérdida es un quiebre tan duro como vital, fuente de un enorme aprendizaje. Salen a flote recursos y fortalezas latentes. Gracias de corazón.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *