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El arte de decir que no

Decir que no… Parece lo más sencillo del mundo y, sin embargo, pensad en la cantidad de veces que no os habéis atrevido a decirle claramente a alguien que no, que no estáis por la labor de hacer esto o aquello. Más de una, ¿verdad?

¿Qué me pasa cuando digo que no?

Si me remito a la realidad que me rodea, decir “no” equivale a menudo a que le cuelguen a uno la etiqueta de borde y de egoísta. A mí (y esto es de lo más personal) me parece que se admite mejor socialmente que alguien diga que sí, aunque luego no logre cumplir su palabra. Hay múltiples razones para esta actitud: miedo al qué dirán o a decepcionar al de enfrente, falta de autoestima para defender nuestra actitud, huida de la confrontación… Todos, absolutamente todos hemos dicho que sí cuando queríamos decir que no, únicamente por “salir del paso”, en particular en esos momentos en los que el cansancio o el estrés nos llevan a situaciones de desgaste donde lo que menos apetece es tener que andarnos con más tensiones. Digo que sí, y todo solucionado.

¿Todo solucionado?

Ante todo, se nos olvida que aunque verbalicemos un “sí”, el lenguaje va más allá de las palabras… ¿Cuántas veces os habéis dado cuenta de que vuestro interlocutor decía “sí” cuando parecía tener tatuado en la frente un “no”? El cuerpo es muy inteligente y mucho más transparente que la mente, y la falta de coherencia entre lo que decimos y sentimos termina por notarse, ya sea en la voz, el gesto o la mirada, por ejemplo. Así que terminan por pillarme in fraganti

No es que tu madre te conozca como si te hubiese parido o que tu pareja te tenga calado, es que si nos paramos de verdad a escuchar al otro, le comprendemos como ser que se expresa a través de sus palabras, sus emociones y su lenguaje corporal. Y muchas veces, al verle más completo, le damos licencia para que se retire la máscara bajo la que se esconde. Y hay que ver lo bonitas que son algunas máscaras, eso es cierto. Me vienen a la mente las venecianas, tan cuidadas, elegantes, impenetrables… e increíbles para dar vida al personaje y pasar desapercibida. Una cosa es que yo elija probarme alguna máscara para ver qué tal me siento y comprobar si descubro alguna cara desconocida hasta entonces de mi personalidad, y otra cosa muy distinta es que me ponga la careta que otros quieren que lleve. A la larga, la careta da calor, impide respirar bien y deja marcas en el rostro.

Tomando cierta distancia, ahora soy consciente de que aquellas veces en las que he aceptado hacer algo que no quería, me estaba alejando de lo que siento y de lo que soy. Ser auténtica tiene que ver con hacerme responsable de lo que pienso y compartirlo. ¡Ahí es nada! Expresar mis deseos y emociones me cuesta en según qué circunstancias pero cada vez me cuesta aún más ponerme una careta ajena.

Ahora que se acerca el verano, Damas y Caballeros, os lanzo el reto de aprovechar para ir más ligeros, para quitarnos el sayo y dejarnos entrever algo más. Poquito a poco, que la piel tiene que habituarse al sol progresivamente… Seguro que sabéis que el cuerpo produce la vitamina D, tan importante para reforzar los huesos, cuando se expone al sol sin filtros. Bastan unos 10 o 15 minutillos al día. Os propongo que nos expongamos igualmente un ratito todos los días para sintetizar mejor la vitamina D-Autenticidad. Seguro que también salimos reforzados…

Espero que compartáis conmigo vuestra experiencia. Os mando un abrazo, Valientes.

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