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¡Culpable!

Lo admito y me declaro culpable. ¿De qué? ¡De tantas cosas…! ¿A que sí? No pasa un día sin que nos sintamos culpables o sin que otros nos lo hagan sentir. Me decido a escribir un post sobre este tema, que me parece tan delicado como tintado de valores culturales y creencias íntimas, sabiendo que estoy metiéndome en un jardín… Lo hago con todo el cariño del mundo, después de mantener algunas conversaciones sobre la cuestión con amigos que están en plena travesía del desierto. ¡Va por vosotros!

Cuando hablamos de culpabilidad, ¿a qué nos referimos? ¿Qué ocurre cuando se nos atribuye una determinada acción como consecuencia de nuestra conducta? ¿Cuando se nos acusa de haber cometido un “delito”? O lo que también es tan frecuente, ¿cuando somos nosotros mismos nuestro propio juez? Y quien dice juez, dice verdugo porque demasiado a menudo somos jueces poco indulgentes con nuestra naturaleza humana.

Me gustaría ligar el concepto de culpa con el de responsabilidad. A menudo solemos decir “me siento culpable por esto o por lo otro”. Con ese verbo “sentir” nos remitimos a una percepción subjetiva, a un discurso interno que magnifica nuestro sufrimiento. Recalco este último término para diferenciarlo del dolor. El dolor es inherente a una situación difícil que nos lleva muchas veces a pasar por un duelo, es decir, ese tránsito por diferentes etapas de negación, tristeza y rabia, hasta llegar a la aceptación de una pérdida, tanto de un ser querido como de una relación personal o un empleo, por ejemplo. (Estoy simplificando conscientemente el proceso del duelo para no complicar este post.)

Sin embargo, el sufrimiento nace y se mantiene por los discursos mentales que alimentamos, por todo eso que nos contamos que, por lo general, es una versión sesgada de la realidad, apoyada en nuestras creencias y nuestro juicios. Para tratar de alcanzar una visión más objetiva y menos invalidante de la realidad, vuelvo a sacar la palabra “responsabilidad” porque me parece muy útil para posicionarnos correctamente.

Para hacerlo más fácil, voy a hablaros de porcentajes. No voy a lanzarme en ecuaciones ni en grandes aventuras de cálculo, no os preocupéis…

Hipótesis inicial: yo soy el 100% de lo que hago, sin entrar ahora en la naturaleza de la acción, en si me lo ordenan o lo decido de manera libre y consentida. La responsabilidad de la acción es mía al 100%. Ni 37, ni 83, ni 156. No, mi responsabilidad es del 100%. Siendo R la responsabilidad,

Opción A: R < 100 (no llego al 100%). ¿Qué pasa entonces?

Estoy evitando ocuparme y responsabilizarme de lo que me toca. En esos casos, serán terceras personas las que se ocupen de organizarme la vida, proponiendo las opciones o soluciones que les parezcan más adecuadas. Puede ser muy cómodo que otros piensen y planifiquen mi vida por mí, claro que sí, hasta el momento en el que me doy cuenta de que lo que a ellos les vale, a mí no me encaja ni por asomo. Es probable que entonces les considere culpables de todo lo que no funciona en mi vida.

Opción B: R > 100 (sobrepaso el 100%) . ¿Y ahora qué?

Pues que me estoy poniendo sobre los hombros cargas que no son mías. Aunque quiera actuar de buena fe, para dar apoyo a un ser querido o a un compañero de trabajo en apuros, mi misión no consiste en encargarme de tareas (físicas o emocionales) que no me corresponden. Puedo tener una escucha empática, animar y ayudar pero no hacer lo que corresponde a otra persona, que consiste en que descubra sus propias vías y herramientas para encontrar lo que anhela.

Como en el caso de un proceso de coaching donde el coach acompaña y alienta, podemos desempeñar ese papel para los demás pero no pasarles nuestras soluciones “llave en mano”, estupendas para nosotros pero quizás inservibles para ellos. Si resulta que nos surgen dudas sobre nuestro buen hacer cuando nuestro “protegido” no levanta cabeza como esperamos, nos puede asaltar un sentimiento de culpabilidad: “tendría que haberle dicho” o “debería haber hecho esto o lo de más allá”. Sin contar con que el otro, defraudado, nos tome por culpable de todos sus males.

Conclusión: R = 100

Mi responsabilidad es del 100%. De esa forma, ni los demás ni yo misma tenemos motivos para sentirnos culpables o culpabilizar a nadie. Así debería ser, aunque ya sabéis por otros de mis posts, que nuestros juicios y creencias tienen un gran peso en nuestro forma de actuar. Al menos ahora somos conscientes de ello y podemos empezar a trabajar para acercarnos a la excelencia del 100%.

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